lunes, 29 de mayo de 2017

lunes, 15 de septiembre de 2014

La victoria



No sé por qué se vino por estas tierras, si ya se la teníamos aprevenida.
Fue hace cinco meses cuando empezó otra vez con sus campañas. Ahí andaba él, todo creído, con sus cuentos y mitotes de siempre. Y se lo hicimos saber. Acá mi compadre Lencho, su hijo Filomeno y yo mero lo fuimos a buscar y se lo dijimos.
–Ándese con cuidado –indicó Lencho– a nosotros ya no nos hace tarugos.
Él nomás se sonrió y nos hizo más promesas. Que si la educación, que si el trabajo y no sé qué tanto. ¡Puras mentiras!
Pero el Filomeno lo paró en seco. – ¡A un puerco se le engorda una vez! –Dijo el muchacho– ¡y usted ya va por la tercera!
Allí sí se quedó todo serio, dándose por ofendido. Y nos mandó sacar a golpes con sus guaruras, ¡el muy cabrón!
Ya cuando nos iban sacando a punta de madrazos se lo advertí. – ¡Ya verá cómo se lo carga la chingada si se le ocurre poner un pie en nuestro pueblo! –Luego nomás vi negro.
Cuando desperté estaba tirado en medio de la calle en un charcote de sangre, con la cabeza molida a palos. A la derecha estaba mi compadre Lencho, con su hijo ya muerto entre sus brazos.
Que nos habían asaltado unos maleantes, dijeron, y nos quisieron callar el hocico con cinco mil pinches pesos. Pero ya todos en el pueblo sabían lo que había pasado de a deveras.
Mientras, allí andaba el desgraciado muy contento, haciéndose la propaganda. Por todos lados veíamos su carota de risa fingida y nada podíamos hacer mas que tragarnos el coraje y esperar a que nadie le diera su voto. Y hasta eso que en el pueblo nadie votamos por él. Pos cómo lo íbamos a querer elegir, si todo mundo lo odiábamos. Tanto así, que cuando se le ocurrió mandar a la esposa haciéndole campaña, se la regresamos toda apedreada y con la madre bien mentada.
Mas, sabrá Dios cómo le hizo, porque a la hora del cuenteo resultó que todos habíamos votado por él.
Ya nada nos quedó mas que estarnos bien callados, ni cómo reclamarle algo si ya estaba a cargo de todo el Estado.
Pero acá adentro en el pecho, yo lo traía bien atravesado. Filomeno era mi único ahijado. Un muchacho bueno, noble, trabajador, honrado. Allí andaba quebrándose el lomo diario para ayudar a sus padres en todo lo que podía… Además, me daba harta rabia pensar que su hijo nonato nunca lo iba a conocer y que la pobre de Isabelita andaba toda llorosa porque no alcanzaron a casarse y el chiquillo le iba a nacer bastardo.
¡Y ahí nomás se le ocurre a este desgraciado venirse para nuestro pueblo! Que disque a darnos las gracias a todos por nuestro apoyo.
Lencho temblaba de coraje por esta burla y los demás andaban despotricando madres todos encorajinados. Yo nomás me quedé callado. Agarré y me fui a formar con la bola de acarreados para que me dieran mi playera y mi cachucha de la victoria y hasta agarré una de esas banderitas tricolor y la estuve agitando en el aire y aplaudí y eché porras al malnacido, a pesar de que la gente del pueblo me miraba con recelo, como si fuera yo un traidor.
Y ya cuando se vino saludando de mano en mano, todo sonrisas, le clavé la dichosa banderita en su ojo derecho.
– ¡Viva la victoria! –Le gritaba yo mientras empujaba más adentro la dichosa banderita– ¡Viva la victoria!

Y todos los de mi pueblo empezaron a aplaudir.

Copyright, Carla Andrea López Mata.
Prohibida su reproducción total o parcial sin el consentimiento por escrito de la autora.

viernes, 12 de septiembre de 2014

La canasta del abuelo


-Otra vez está caminando a oscuras –escuché decir a la abuela entre sueños –ándate a ver qué quiere a ésta hora– Refunfuñé molesta, pero obedecí. Me levanté de la cama y corrí al lado de mi tata con una vela encendida.
– ¿Qué hace? –pregunté al verlo sentado a la mesa –sabe que a la abuela no le gusta que ande vagando de noche.
–Tengo que trabajar –contestó– Además no importa que sea de noche o de día, igual no necesito de ninguna luz, eso de nada nos sirve a los ciegos.
Acercándome a él, pude ver que estaba tejiendo una canasta con flores, trenzas y otras figuras tan caprichosas que ningún otro tejedor ha podido igualar. Tomé asiento a su lado alumbrando sus manos con la vela, tan cansadas y llenas de callos y cicatrices, que imaginé que así debieron lucir las manos de Jesús al bajar de la Cruz.
–Ochenta años –murmuró él, sintiendo mi mirada fija en sus extremidades– así terminan por verse las manos de quien ha trabajado en esto tanto tiempo –y buscó con ellas mi rostro. Yo dejé que me reconociera, que contara las pestañas con sus yemas y hurgara en mis dientes.
–Eres idéntica a tu madre –dijo. Y sonreí feliz. Ella había sido muy hermosa y aunque no tuviera ni la mitad de su belleza, me alegraba sentirme parecida a ella.
–Debí haberle enseñado a tejer –comentó mientras volvía a su trabajo.
–Puede enseñarme a mí –contesté– siempre he admirado su labor. Sería un honor aprender su oficio.
–Ya es muy tarde –negó– anda a descansar, seguro tu nana te está esperando.
Dejé la vela frente a él y me disponía a marchar cuando replicó:
–No dejes la luz, bien sabes que no me sirve de nada– Y la llevé conmigo.
– ¿Qué hace? –preguntó mi viejecita angustiada.
–Está tejiendo la canasta –contesté mientras me recostaba a su lado nuevamente.
– ¡Ésa maldita canasta! –Gritó con furia– debería echarla al fuego a ver si así nos deja dormir en paz.
Sonreí con tristeza y la abracé hasta que se quedó dormida entre sollozos.
De día nunca hablamos, cada quien se dedica a cumplir con sus deberes de la casa. Todos los días es igual, somos un par de viejas monótonas. Antes, cuando era niña y vine a vivir aquí al quedar huérfana, la vida era más difícil. Los abuelos eran muy pobres, apenas tenían el pedazo de tierra donde el abuelo construyó la casa con sus propias manos, con piedras y adobe, y nos mantenía a duras penas con su trabajo de tejedor. Se paraba de madrugada a trabajar, tejía cestas, petates, canastas, sillas, todo lo que se le ocurría. Siempre se le veía sentado a la mesa o en el suelo, muy serio, con las manos y los pies ocupados en tejer. Y ya cuando tenía muchas piezas terminadas, se bajaba al pueblo a venderlas y a componer sillas o lo que hubiera que componer.
– ¿Qué tanto piensas? –preguntó la abuela al acostarse a mi lado.
–Nada –dije– ya estoy dormida.
–Ah –farfulló- ¿Y ya estás soñando?
–No –contesté– todavía no llego a eso.
Y mientras mi nana se volvía, preparándose para dormir, murmuró –Hoy no sueñes conmigo, estoy muy cansada.
–No lo haré –negué sonriendo– descanse.
Apenas empezaba a soñar cuando me despertaron las pisadas del tata y antes de que mi viejita despertara, salí a ver qué pasaba.
– ¿Otra vez a tejer de noche? –Pregunté al verlo– debería hacerlo de día para no despertar a la abuela, hoy está muy cansada.
–Lo sé –contestó– la vi en los corrales sobándose la espalda y luego en la cocina, ora sobándose las rodillas.
– ¿La vio? –pregunté asombrada.
–Bueno –contestó sonriendo– la sentí. Y la conozco tan bien que sé exactamente lo que hace, lo que piensa y lo que le duele.
–Es por tanto tiempo juntos –dije.
–Sí, debe ser por eso –murmuró.
– ¿Hoy sí me va a enseñar a tejer? –pregunté.
–No –refutó muy serio– ya es muy tarde para eso y tienes que descansar.
Besé su frente y volví a la cama, dejando que trabajara en su canasta.
Al entrar al cuarto, encontré a la nana levantada, caminando de un lado a otro.
–Otra vez está tejiendo ¿verdad? Ése hombre no piensa dejar de tejer nunca. Sabe que me molesta y no le interesa, sabe que no puedo descansar con él allá afuera trabajando. Soy una vieja cansada y enferma y no le importa en lo más mínimo. Lo hace adrede, yo sé. ¡Lo hace por molestarme!
La ayudé a recostarse en la cama y besé su frente. –Estoy segura que no lo hace por molestar, no se lo tome a mal.
Esa noche no pude dormir, pasé las horas pensando si en verdad el abuelo buscaba molestar a su esposa o si había otro motivo para su faena nocturna. –Ochenta años tejiendo –pensé– le cuesta trabajo estarse en paz y por eso lo sigue haciendo. Se le arraigó bien adentro su oficio. –Sonreí y fijé la mirada en mi viejecita. Ya cercaba los noventa y su cansancio venía de décadas de pesares, miseria, ayunos y trabajo duro. Se pasó la vida bordando, deshilando y cosiendo. Y su vista seguía buena. Ironías del destino que su esposo fuera quien quedara ciego por las cataratas, cuando era ella de quien se esperaba que perdiera la vista con tanto uso. –Ni dormida descansa –pensé al ver su ceño fruncido en señal de pena. Y me pregunté si era por la ausencia de sus nueve hijos, todos muertos a temprana edad, o a causa del abuelo. Viendo cómo aun en sueños sufría, sentí una impotencia enorme por no poder ayudarla. Después de cincuenta años a su lado, ella era mi verdadera madre, y me dolía el alma verla pasar así sus últimos años.
Afuera, mi tata seguía trabajando. Se alcanzaban a escuchar su respiración pausada y el roce del mimbre con sus callos. Ni el canto de los grillos y tecolotes alcanzaba a disimular el murmullo de su faena. Deseé que soplara un viento fuerte del norte y con su silbido cubriera todo, dándole el merecido descanso a la nana, pero nunca llegó. Y mi vieja siguió retorciéndose inquieta, frunciendo el ceño, abriendo y cerrando la boca, interrumpiendo su respiración, estrechando la colcha de lana entre sus dedos. Antes de cantar el gallo, finalmente dejó de escucharse tejer al abuelo. Mi nana abrió los ojos irritada, me dirigió una mirada amarga y salió presurosa a comenzar con sus faenas. Salí tras ella para hacer lo mío y la vi de pie frente a la mesa, observando fijamente la canasta.
–Debería echarla al fogón –dijo con una sonrisa macabra– así remediaría todos mis males, pero no me atrevo. –La tomó entre sus manos observando los detalles de las flores– Son magnolias, él sabe que me gustan.
Sonreí. Vino a mi mente el día que los conocí, cuando llegué a vivir con ellos. Venía con el alma destrozada por haber perdido a mis padres y el abuelo me recibió con una magnolia en mano, alzó mi rostro y limpió las lágrimas acomodando la flor en mi cabello. Entonces los vi, ese par de seres bondadosos que ofrecía con una flor todo su amor. Ella me abrazó y besó mi mejilla, él trenzó mi cabello y acarició mi cabeza. Y los adoré desde ese instante, a esas personas desconocidas que no había visto antes en mi corta vida y que a pesar de ello, me amaban.
El día corrió lento, monótono, al igual que tantos otros. Fue uno de esos días en que todo parece gris, sin vida. Mi abuela tomó la siesta y yo estuve a su lado, mas no pude conciliar el sueño, así que caminé por la casa en busca del tata. No lo encontré. En cambio topé con un espejo que me mostró burlón un rostro pálido, cubierto de arrugas, con unas ojeras enormes, coronadas por un cabello gris, seco, acomodado en trenza. Me pregunté si alguna vez había tenido algo de belleza y seguí con mi búsqueda pensando que de haber sido así, no hubiera terminado sola. Sonreí al pensar que a pesar de todo era muy afortunada por haber tenido a mis viejitos. –Tengo que arreglar las cosas entre ellos –pensé– y tiene que ser hoy. –Así que esperé a la noche para encontrarme con mi abuelo y hacerle saber de una vez que su esposa estaba a punto del colapso por su causa.
No tardó mucho en escuchársele arrastrar la silla y acomodarse a la mesa para comenzar a trabajar. Salí presurosa a su encuentro.
Ahí estaba él, tranquilo, sonriente al sentir mi presencia. Alargó sus manos y acarició mi rostro y cabello.
–Sigues igual –dijo sonriente.
– ¿Y por qué habría de cambiar? –contesté extrañada.
–No sé –dijo encogiéndose de hombros.
– ¿Hoy sí me va a enseñar a tejer? –insistí.
–Ya es tarde –contestó serio. Se disponía a seguir tejiendo cuando le arrebaté la canasta de las manos.
–Tenemos que hablar seriamente, ya le hice saber que sus rondas nocturnas perturban a su mujer y usted sigue con lo mismo. No quería llegar a esto, pero me he decidido. Voy a quemar la canasta. Lo voy a hacer para que pueda usted descansar en paz.
– ¿De qué hablas? –preguntó confuso.
–Hablo de que ya estamos cansadas de escucharle noche a noche tejiendo la misma canasta. Dese cuenta, hace meses que trabaja en ella y sin embargo, esta sigue igual. Y el que sólo se aparezca por aquí de noche… ¿No lo ve? Usted es un fantasma, y no sabemos por qué motivo está en pena, pero esto termina hoy. La abuela no puede más con el insomnio y yo no soporto verla sufrir. Ya no queremos tenerlo por aquí rondándonos, diga de una vez qué necesita para que pueda descansar en paz.
Mi abuelo tenía el rostro desfigurado por el asombro y la pena. –Hija mía, no entiendes, yo no soy el fantasma… Los fantasmas son ustedes.
Sentí que la cabeza me daba vueltas y tuve que sentarme para no caer. – ¡Es mentira! –Grité incrédula– es usted quien desaparece todo el día y sólo viene a la casa de noche. Nosotras estamos vivas. ¿Por qué hace esto, por qué quiere engañarme?
Mi tata sonrió con tristeza y pude ver en sus ojos muertos el día en que morimos mi abuela y yo.
Fue un accidente. Él tropezó sin querer con la lámpara de aceite una noche en que no podía dormir y se dirigía a su mesa de trabajo. Por su ceguera no pudo darse cuenta de que la habitación ardía en llamas con nosotras adentro. Nada pudo hacer para sacarnos y los vecinos llegaron demasiado tarde.
–Allá están sus tumbas, bajo el sauce –dijo señalando hacia el viejo árbol. Y pude ver al fin las lápidas y los restos carbonizados del que fuera nuestro cuarto.
– ¿Y la canasta? –pregunté entre lágrimas.
–Era un regalo para tu abuela. La comencé a tejer esa noche… Todas las noches la tejo y la destejo porque sé que por ella siguen ustedes aquí. No preguntes por qué, no lo sé. El día que la remate, sé que se irán, por eso es que no me decido a terminarla.
–Acábela –supliqué mientras besaba sus manos –termine con ella y déjenos dormir en paz.

Y volví a la cama con mi adorada viejecita, a darle un enorme beso y a cuidar que por fin ya nada perturbara su sueño.

Copyright, Carla Andrea López Mata.
Prohibida su reproducción total o parcial sin el consentimiento por escrito de la autora.


lunes, 8 de septiembre de 2014

La visión del monte



Había llegado la calma, aún faltaba un par de semanas para cosechar y los animales estaban gordos en los establos. Ahora tenían tiempo de jugar de nuevo, de salir de caza y pasear por el rancho. Iban a nadar en el arroyo por las tardes, emprendían largas caminatas a pie y a caballo, y en una de ellas subieron al cerro de la Mesa, desde donde contemplaron orgullosos la hondonada del rancho, sus hermosas parcelas doradas quebrándose en sienas y ocres destacando sobre la fértil tierra colorada, los animales numerosos con sus crías en los potreros y la humilde belleza de su casa de varas cubierta con pasto seco que parecía coronar con oro su sencilla cabeza, el aire transparente, el cielo azul intenso y los cerros rodeando majestuosos al Rancho Escondido como si quisieran proteger su campirana hermosura para siempre.
Los dos amigos contemplaban la tierra trabajada por sus manos escuchando el dulce cantar de mil pájaros distintos: mulatos, clarines, cenzontles, gorriones, jilgueros y primaveras entonando una sinfonía de adoración al campo, el furtivo armadillo corriendo repentinamente de un agujero a otro, los graznidos de paitas, chachalacas, huilotas y calandrias, los alegres colores de los pájaros adornando la espesura de zirandas amarillas, prietas y plateadas de enormes raíces retorcidas cual manos crispadas aferrándose amorosamente a la tierra, los pericos devorando el fruto de los bonetes, el tímido venado abrevando a la orilla del Cascabel con su eterno y rítmico campaneo acuático y el atronador timbal del río a lo lejos, los montes cubiertos de sirián, madroño, guaje, tepeguaje, capiro, acebuche y demás árboles, arbustos y plantas maravillosas, el gruñido malhumorado del tejón, los mangos, anonas, platanares, mameyes y guayabos salvajes cubiertos de golosinas que tal vez acompañarían su cena con miel silvestre esta noche.
¿Cómo no amar un mundo de maravillas como éste y desear que exista para siempre, para que ambos amigos puedan gozar de él hasta su muerte y después de ella hasta la eternidad?
El hermoso Rancho Escondido, escondido del mundo para que en su lejanía quizá sea respetado como algo remoto y sagrado al que no llegará jamás la absurda devastación de los asentamientos humanos.
Solos los dos con la conciencia del deber cumplido en la calma antes de la cosecha, para que al fin aquí pueda existir eternamente el afecto que rebasa lo meramente humano, lo puramente animal, y se desarrolle en la amistad profunda entre un perro y su amo, entre un hombre y su tierra, entre la tierra y todo lo que está vivo y que desde esta cima se extiende sobre el mundo desde el rancho más escondido de la tierra, hasta que esta comunión alcance a todas las almas de los animales y las plantas colmándolas de alegría ante la maravillosa obra de Dios, y un hombre y su perro puedan salir de sí mismos para contemplarla y contemplarse entretejidos en ella.
Y a pesar de todo, ese momento maravilloso que parecía vislumbrar la eternidad debía terminarse. Mas lo que habían contemplado y entendido ese día, ese amor total que sentían, jamás lo olvidarían, seguiría anclado en ellos como la sabiduría eterna de sus almas que rebasa cualquier percepción y cualquier conciencia, y un hombre y su perro se contemplaban llorando el uno al otro sin tener que decirse inútiles palabras, porque en su mutua comunión con todo lo que existe habían atendido la llamada del creador a través de la naturaleza, y esta los acompañaría y los guiaría para siempre.
Llegó la tarde y sus hermosos colores transfiguraron aquella belleza que sin embargo nada había perdido, transformándose sin mermar, jugueteando con los colores danzantes del sol agonizante. Y el cielo se puso oscuro y se cubrió con un millón de estrellas y las lechuzas, los pájaros nocturnos, el lejano aullido del coyote, el rugido del puma en la montaña, los plateados y azules de la noche, el canto de los grillos y el croar de las ranas, les demostraron que la noche es tan hermosa como el día y que aunque todo cambie, sigue manteniendo su belleza. Porque esa noche, aún después de caer dormidos, fue una de las más felices de sus vidas.
Cuando amaneció, Almadena y su perro se miraron a los ojos conscientes de haber compartido una revelación maravillosa.
-Qué bueno que no hables -pensó Almadena- pues lo que vivimos ayer está más allá de las palabras.
Y regresaron al rancho henchidos de felicidad para preparar la cosecha.

Fragmento de “El perro de Almadena” de Diego López Mata.

Copyright, Diego López Mata.
Prohibida su reproducción total o parcial sin el consentimiento por escrito del autor.

Romance del reflejo en el espejo




Te levantas de la cama gritando. Restriegas tus ojos con fuerza, tratando de borrar las imágenes de la pesadilla que se ha venido repitiendo por una semana.
Caminas entre ropa sucia, basura y libros regados por el suelo y llegas al baño. Sentado en el inodoro, dormitas por un momento, pero despiertas al ver el sueño repetirse.
Enjuagando tus manos, observas al espejo. La barba de tres días, las arrugas, el cabello que se cae a puños… Bajas la mirada y te concentras en el correr del agua. Siguiéndola por el desagüe, llegas al caño, donde te ves flotando entre mierda ajena, medio ahogado entre vómito de quinceañeras.
Logras aferrarte a una rata muerta, subes a ella. Desde allí, contemplas tu vida. Los veinte kilos de más, los dos matrimonios fallidos, tantos años perdidos en la indecisión. Titubeas por un instante y te arrojas al agua para intentar rescatar tus sueños, pero desapareces en ella. Sólo ves oscuridad.
Te levantas de la cama gritando. Restriegas tus ojos con fuerza, tratando de borrar las imágenes de la pesadilla que se ha venido repitiendo por una semana.

Copyright Carla Andrea López Mata.
Prohibida su reproducción total o parcial sin el consentimiento por escrito de la autora.

sábado, 6 de septiembre de 2014

Nocturna



Pasaba ya de la medianoche cuando me dirigía a casa cruzando el cerro, bajando por la barranca del Muerto. Había ido al pueblo a recoger un encargo de mi padre y me ganó la noche. Iba guiado por el instinto del caballo, rezando para no caer o perderme, ya que era mi primer viaje solo desde la Nopalera. Pero más que nada, trataba de no pensar en las leyendas que se contaban de aquél sitio.

Mientras más avanzaba, la oscuridad y el frescor iban aumentando y el sonido lejano de los coyotes y las lechuzas sólo ayudaban a crear en mi mente historias de Demonios, aparecidos y ladrones que saldrían a mi encuentro. Pero la verdad es que no lograba ver ni mis manos sobre las riendas, así que si el mismo Lucifer se postrara ante mí, no lograría verle y pasaría a su lado sin darme cuenta.

Tenía mucho frío, hambre, sed y unas ganas enormes de llegar a casa para ver a mamá Mina, recibir sus besos y consuelo y dormir tranquilamente. Maldije la hora en que olvidé traer el guaje y el gabán.

De repente, sentí mi caballo desaparecer. Quedé flotando en el aire un momento. Mi corazón latía con fuerza y mis oídos zumbaban. Despeñándome hacia la barranca, iba buscando desesperado la forma de parar. Varios metros después pude hacerlo y repté burdamente, pasando sobre un cuerpo tendido. Sin saber cómo, monté el jamelgo y seguí mi camino.

Ha pasado mucho tiempo y aún no sé cómo regresar al hogar. El caballo corre infatigable sobre el viento, entre los árboles, tratando de encontrar el camino. Pero, ya he empezado a acostumbrarme a esta inmensa soledad y a la eterna noche cerrada que cubre mi vida.

Copyright Carla Andrea López Mata.
Prohibida su reproducción total o parcial sin el consentimiento por escrito de la autora.

jueves, 4 de septiembre de 2014

Mudo lamento


Lo conocí apenas hace un año, mas, a fuerza de verlo y escucharlo a diario, le he tomado cariño.
Pasamos horas juntos. Al atardecer viene a buscarme y sentado a mi lado observa la puesta del sol. Es un gran poeta, un soñador. Espero con ansia sus visitas, escuchar sus versos, sentirlo mi amigo.
Pero hoy no ha venido a verme y esto me preocupa... Últimamente le he notado distante, deprimido. Ayer gritaba al viento su desamor mientras yo intentaba consolarlo, pero no pude hacerlo.
Asoman ya las primeras estrellas en el cielo. No vendrá. Cierro los ojos esperando que llegue con el nuevo día.
Momento ¿qué escucho? ¡Son sus lamentos! ¡Ha venido a mí en mitad de la noche! Se acerca. Leo en su mirada una honda tristeza, rabia, rencor. Todo su cuerpo tiembla de ira.
-¿Qué haces? -grito horrorizado.
No responde. Sigue su camino hacia mí con una soga en la mano y una extraña sonrisa dibujada en el rostro.
Ignora mis súplicas. Subido en mí, brinca al vacío y le veo retorcerse jadeante.
Intento quebrarme y dejarlo caer, pero no puedo hacer nada mas que llorar por él mientras arrullo su cuerpo inerte entre la cuna de mis ramas.

Copyright Carla Andrea López Mata.
Prohibida su reproducción total o parcial sin el consentimiento por escrito de la autora.

Llueve


Llueve

— Llueve— dijo mamá entre sueños, desde su cama y volvió a dormir.
Desde ese instante comenzó mi delirio.
Pasaba los días enteros sin comer, sin dormir, sólo mirando al cielo esperando que volviera aquél maravilloso olor. ¿Mi madre? Preocupada e histérica marchaba detrás de mí, sollozando en un ruego por hacerme probar sus alimentos y medicinas. Muchas pruebas hicieron los doctores para averiguar qué estaba mal conmigo y nada. Yo seguía igual, arrastrándome por el jardín mientras observaba el cielo en espera del anhelado diluvio.
Pronto volvió la lluvia y con ella, su aroma. —Delicioso —pensaba mientras llenaba mis pulmones recordando todos los sabores y olores hasta ahora conocidos —no hay nada igual.
—Huele a tierra mojada —dijo mamá mientras me ponía encima un suéter. Comprendí, el olor venía de abajo, del suelo. Quise arrastrarme fuera pero ella lo impidió regresándome al corredor —No te mojes —dijo. — ¿Y quién quiere mojarse? —pensé enfadado.
Pronto se hizo de noche y mi madre me llevó adentro contra mi voluntad. Después de un rato, ella soñaba. Esperé un momento y escapé como pude de la prisión de madera donde cada noche era obligado a dormir.
Llegué al patio, observé dichoso la lluvia y el lodazal que invitaba a adentrarse en él. No esperé mucho y avancé para revolcarme en la tierra mojada y absorber aquél sahumerio.
— ¡Cómeme! —ordenaba aquélla pasta negra. Obedecí.
A la mañana siguiente, mi madre me encontró a mitad del patio, ahogado en lodo. Por fin había hecho mío aquél aroma. Y me trajo aquí, metido en esta caja blanca.
No puedo ser más feliz, aquí la tierra siempre está mojada.

Copyright Carla Andrea López Mata.
Prohibida su reproducción total o parcial sin el consentimiento por escrito de la autora.