lunes, 8 de septiembre de 2014

La visión del monte



Había llegado la calma, aún faltaba un par de semanas para cosechar y los animales estaban gordos en los establos. Ahora tenían tiempo de jugar de nuevo, de salir de caza y pasear por el rancho. Iban a nadar en el arroyo por las tardes, emprendían largas caminatas a pie y a caballo, y en una de ellas subieron al cerro de la Mesa, desde donde contemplaron orgullosos la hondonada del rancho, sus hermosas parcelas doradas quebrándose en sienas y ocres destacando sobre la fértil tierra colorada, los animales numerosos con sus crías en los potreros y la humilde belleza de su casa de varas cubierta con pasto seco que parecía coronar con oro su sencilla cabeza, el aire transparente, el cielo azul intenso y los cerros rodeando majestuosos al Rancho Escondido como si quisieran proteger su campirana hermosura para siempre.
Los dos amigos contemplaban la tierra trabajada por sus manos escuchando el dulce cantar de mil pájaros distintos: mulatos, clarines, cenzontles, gorriones, jilgueros y primaveras entonando una sinfonía de adoración al campo, el furtivo armadillo corriendo repentinamente de un agujero a otro, los graznidos de paitas, chachalacas, huilotas y calandrias, los alegres colores de los pájaros adornando la espesura de zirandas amarillas, prietas y plateadas de enormes raíces retorcidas cual manos crispadas aferrándose amorosamente a la tierra, los pericos devorando el fruto de los bonetes, el tímido venado abrevando a la orilla del Cascabel con su eterno y rítmico campaneo acuático y el atronador timbal del río a lo lejos, los montes cubiertos de sirián, madroño, guaje, tepeguaje, capiro, acebuche y demás árboles, arbustos y plantas maravillosas, el gruñido malhumorado del tejón, los mangos, anonas, platanares, mameyes y guayabos salvajes cubiertos de golosinas que tal vez acompañarían su cena con miel silvestre esta noche.
¿Cómo no amar un mundo de maravillas como éste y desear que exista para siempre, para que ambos amigos puedan gozar de él hasta su muerte y después de ella hasta la eternidad?
El hermoso Rancho Escondido, escondido del mundo para que en su lejanía quizá sea respetado como algo remoto y sagrado al que no llegará jamás la absurda devastación de los asentamientos humanos.
Solos los dos con la conciencia del deber cumplido en la calma antes de la cosecha, para que al fin aquí pueda existir eternamente el afecto que rebasa lo meramente humano, lo puramente animal, y se desarrolle en la amistad profunda entre un perro y su amo, entre un hombre y su tierra, entre la tierra y todo lo que está vivo y que desde esta cima se extiende sobre el mundo desde el rancho más escondido de la tierra, hasta que esta comunión alcance a todas las almas de los animales y las plantas colmándolas de alegría ante la maravillosa obra de Dios, y un hombre y su perro puedan salir de sí mismos para contemplarla y contemplarse entretejidos en ella.
Y a pesar de todo, ese momento maravilloso que parecía vislumbrar la eternidad debía terminarse. Mas lo que habían contemplado y entendido ese día, ese amor total que sentían, jamás lo olvidarían, seguiría anclado en ellos como la sabiduría eterna de sus almas que rebasa cualquier percepción y cualquier conciencia, y un hombre y su perro se contemplaban llorando el uno al otro sin tener que decirse inútiles palabras, porque en su mutua comunión con todo lo que existe habían atendido la llamada del creador a través de la naturaleza, y esta los acompañaría y los guiaría para siempre.
Llegó la tarde y sus hermosos colores transfiguraron aquella belleza que sin embargo nada había perdido, transformándose sin mermar, jugueteando con los colores danzantes del sol agonizante. Y el cielo se puso oscuro y se cubrió con un millón de estrellas y las lechuzas, los pájaros nocturnos, el lejano aullido del coyote, el rugido del puma en la montaña, los plateados y azules de la noche, el canto de los grillos y el croar de las ranas, les demostraron que la noche es tan hermosa como el día y que aunque todo cambie, sigue manteniendo su belleza. Porque esa noche, aún después de caer dormidos, fue una de las más felices de sus vidas.
Cuando amaneció, Almadena y su perro se miraron a los ojos conscientes de haber compartido una revelación maravillosa.
-Qué bueno que no hables -pensó Almadena- pues lo que vivimos ayer está más allá de las palabras.
Y regresaron al rancho henchidos de felicidad para preparar la cosecha.

Fragmento de “El perro de Almadena” de Diego López Mata.

Copyright, Diego López Mata.
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