Había llegado la calma, aún faltaba un par de semanas para
cosechar y los animales estaban gordos en los establos. Ahora tenían tiempo de
jugar de nuevo, de salir de caza y pasear por el rancho. Iban a nadar en el
arroyo por las tardes, emprendían largas caminatas a pie y a caballo, y en una
de ellas subieron al cerro de la Mesa, desde donde contemplaron orgullosos la
hondonada del rancho, sus hermosas parcelas doradas quebrándose en sienas y
ocres destacando sobre la fértil tierra colorada, los animales numerosos con
sus crías en los potreros y la humilde belleza de su casa de varas cubierta con
pasto seco que parecía coronar con oro su sencilla cabeza, el aire
transparente, el cielo azul intenso y los cerros rodeando majestuosos al Rancho
Escondido como si quisieran proteger su campirana hermosura para siempre.
Los dos amigos contemplaban la tierra trabajada por sus
manos escuchando el dulce cantar de mil pájaros distintos: mulatos, clarines,
cenzontles, gorriones, jilgueros y primaveras entonando una sinfonía de
adoración al campo, el furtivo armadillo corriendo repentinamente de un agujero
a otro, los graznidos de paitas, chachalacas, huilotas y calandrias, los
alegres colores de los pájaros adornando la espesura de zirandas amarillas,
prietas y plateadas de enormes raíces retorcidas cual manos crispadas
aferrándose amorosamente a la tierra, los pericos devorando el fruto de los
bonetes, el tímido venado abrevando a la orilla del Cascabel con su eterno y
rítmico campaneo acuático y el atronador timbal del río a lo lejos, los montes
cubiertos de sirián, madroño, guaje, tepeguaje, capiro, acebuche y demás
árboles, arbustos y plantas maravillosas, el gruñido malhumorado del tejón, los
mangos, anonas, platanares, mameyes y guayabos salvajes cubiertos de golosinas
que tal vez acompañarían su cena con miel silvestre esta noche.
¿Cómo no amar un mundo de maravillas como éste y desear que
exista para siempre, para que ambos amigos puedan gozar de él hasta su muerte y
después de ella hasta la eternidad?
El hermoso Rancho Escondido, escondido del mundo para que en
su lejanía quizá sea respetado como algo remoto y sagrado al que no llegará
jamás la absurda devastación de los asentamientos humanos.
Solos los dos con la conciencia del deber cumplido en la
calma antes de la cosecha, para que al fin aquí pueda existir eternamente el
afecto que rebasa lo meramente humano, lo puramente animal, y se desarrolle en
la amistad profunda entre un perro y su amo, entre un hombre y su tierra, entre
la tierra y todo lo que está vivo y que desde esta cima se extiende sobre el
mundo desde el rancho más escondido de la tierra, hasta que esta comunión
alcance a todas las almas de los animales y las plantas colmándolas de alegría
ante la maravillosa obra de Dios, y un hombre y su perro puedan salir de sí
mismos para contemplarla y contemplarse entretejidos en ella.
Y a pesar de todo, ese momento maravilloso que parecía
vislumbrar la eternidad debía terminarse. Mas lo que habían contemplado y
entendido ese día, ese amor total que sentían, jamás lo olvidarían, seguiría
anclado en ellos como la sabiduría eterna de sus almas que rebasa cualquier
percepción y cualquier conciencia, y un hombre y su perro se contemplaban
llorando el uno al otro sin tener que decirse inútiles palabras, porque en su mutua
comunión con todo lo que existe habían atendido la llamada del creador a través
de la naturaleza, y esta los acompañaría y los guiaría para siempre.
Llegó la tarde y sus hermosos colores transfiguraron aquella
belleza que sin embargo nada había perdido, transformándose sin mermar,
jugueteando con los colores danzantes del sol agonizante. Y el cielo se puso
oscuro y se cubrió con un millón de estrellas y las lechuzas, los pájaros
nocturnos, el lejano aullido del coyote, el rugido del puma en la montaña, los
plateados y azules de la noche, el canto de los grillos y el croar de las
ranas, les demostraron que la noche es tan hermosa como el día y que aunque
todo cambie, sigue manteniendo su belleza. Porque esa noche, aún después de
caer dormidos, fue una de las más felices de sus vidas.
Cuando amaneció, Almadena y su perro se miraron a los ojos
conscientes de haber compartido una revelación maravillosa.
-Qué bueno que no hables -pensó Almadena- pues lo que
vivimos ayer está más allá de las palabras.
Y regresaron al rancho henchidos de felicidad para preparar
la cosecha.
Fragmento de “El perro de Almadena” de Diego López Mata.
Copyright, Diego López Mata.
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