Llueve
— Llueve— dijo mamá entre sueños, desde su cama y volvió a dormir.
Desde ese instante comenzó mi delirio.
Pasaba los días enteros sin comer, sin dormir, sólo mirando al cielo esperando que volviera aquél maravilloso olor. ¿Mi madre? Preocupada e histérica marchaba detrás de mí, sollozando en un ruego por hacerme probar sus alimentos y medicinas. Muchas pruebas hicieron los doctores para averiguar qué estaba mal conmigo y nada. Yo seguía igual, arrastrándome por el jardín mientras observaba el cielo en espera del anhelado diluvio.
Pronto volvió la lluvia y con ella, su aroma. —Delicioso —pensaba mientras llenaba mis pulmones recordando todos los sabores y olores hasta ahora conocidos —no hay nada igual.
—Huele a tierra mojada —dijo mamá mientras me ponía encima un suéter. Comprendí, el olor venía de abajo, del suelo. Quise arrastrarme fuera pero ella lo impidió regresándome al corredor —No te mojes —dijo. — ¿Y quién quiere mojarse? —pensé enfadado.
Pronto se hizo de noche y mi madre me llevó adentro contra mi voluntad. Después de un rato, ella soñaba. Esperé un momento y escapé como pude de la prisión de madera donde cada noche era obligado a dormir.
Llegué al patio, observé dichoso la lluvia y el lodazal que invitaba a adentrarse en él. No esperé mucho y avancé para revolcarme en la tierra mojada y absorber aquél sahumerio.
— ¡Cómeme! —ordenaba aquélla pasta negra. Obedecí.
A la mañana siguiente, mi madre me encontró a mitad del patio, ahogado en lodo. Por fin había hecho mío aquél aroma. Y me trajo aquí, metido en esta caja blanca.
No puedo ser más feliz, aquí la tierra siempre está mojada.
Copyright Carla Andrea López Mata.
Prohibida su reproducción total o parcial sin el consentimiento por escrito de la autora.

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