viernes, 12 de septiembre de 2014

La canasta del abuelo


-Otra vez está caminando a oscuras –escuché decir a la abuela entre sueños –ándate a ver qué quiere a ésta hora– Refunfuñé molesta, pero obedecí. Me levanté de la cama y corrí al lado de mi tata con una vela encendida.
– ¿Qué hace? –pregunté al verlo sentado a la mesa –sabe que a la abuela no le gusta que ande vagando de noche.
–Tengo que trabajar –contestó– Además no importa que sea de noche o de día, igual no necesito de ninguna luz, eso de nada nos sirve a los ciegos.
Acercándome a él, pude ver que estaba tejiendo una canasta con flores, trenzas y otras figuras tan caprichosas que ningún otro tejedor ha podido igualar. Tomé asiento a su lado alumbrando sus manos con la vela, tan cansadas y llenas de callos y cicatrices, que imaginé que así debieron lucir las manos de Jesús al bajar de la Cruz.
–Ochenta años –murmuró él, sintiendo mi mirada fija en sus extremidades– así terminan por verse las manos de quien ha trabajado en esto tanto tiempo –y buscó con ellas mi rostro. Yo dejé que me reconociera, que contara las pestañas con sus yemas y hurgara en mis dientes.
–Eres idéntica a tu madre –dijo. Y sonreí feliz. Ella había sido muy hermosa y aunque no tuviera ni la mitad de su belleza, me alegraba sentirme parecida a ella.
–Debí haberle enseñado a tejer –comentó mientras volvía a su trabajo.
–Puede enseñarme a mí –contesté– siempre he admirado su labor. Sería un honor aprender su oficio.
–Ya es muy tarde –negó– anda a descansar, seguro tu nana te está esperando.
Dejé la vela frente a él y me disponía a marchar cuando replicó:
–No dejes la luz, bien sabes que no me sirve de nada– Y la llevé conmigo.
– ¿Qué hace? –preguntó mi viejecita angustiada.
–Está tejiendo la canasta –contesté mientras me recostaba a su lado nuevamente.
– ¡Ésa maldita canasta! –Gritó con furia– debería echarla al fuego a ver si así nos deja dormir en paz.
Sonreí con tristeza y la abracé hasta que se quedó dormida entre sollozos.
De día nunca hablamos, cada quien se dedica a cumplir con sus deberes de la casa. Todos los días es igual, somos un par de viejas monótonas. Antes, cuando era niña y vine a vivir aquí al quedar huérfana, la vida era más difícil. Los abuelos eran muy pobres, apenas tenían el pedazo de tierra donde el abuelo construyó la casa con sus propias manos, con piedras y adobe, y nos mantenía a duras penas con su trabajo de tejedor. Se paraba de madrugada a trabajar, tejía cestas, petates, canastas, sillas, todo lo que se le ocurría. Siempre se le veía sentado a la mesa o en el suelo, muy serio, con las manos y los pies ocupados en tejer. Y ya cuando tenía muchas piezas terminadas, se bajaba al pueblo a venderlas y a componer sillas o lo que hubiera que componer.
– ¿Qué tanto piensas? –preguntó la abuela al acostarse a mi lado.
–Nada –dije– ya estoy dormida.
–Ah –farfulló- ¿Y ya estás soñando?
–No –contesté– todavía no llego a eso.
Y mientras mi nana se volvía, preparándose para dormir, murmuró –Hoy no sueñes conmigo, estoy muy cansada.
–No lo haré –negué sonriendo– descanse.
Apenas empezaba a soñar cuando me despertaron las pisadas del tata y antes de que mi viejita despertara, salí a ver qué pasaba.
– ¿Otra vez a tejer de noche? –Pregunté al verlo– debería hacerlo de día para no despertar a la abuela, hoy está muy cansada.
–Lo sé –contestó– la vi en los corrales sobándose la espalda y luego en la cocina, ora sobándose las rodillas.
– ¿La vio? –pregunté asombrada.
–Bueno –contestó sonriendo– la sentí. Y la conozco tan bien que sé exactamente lo que hace, lo que piensa y lo que le duele.
–Es por tanto tiempo juntos –dije.
–Sí, debe ser por eso –murmuró.
– ¿Hoy sí me va a enseñar a tejer? –pregunté.
–No –refutó muy serio– ya es muy tarde para eso y tienes que descansar.
Besé su frente y volví a la cama, dejando que trabajara en su canasta.
Al entrar al cuarto, encontré a la nana levantada, caminando de un lado a otro.
–Otra vez está tejiendo ¿verdad? Ése hombre no piensa dejar de tejer nunca. Sabe que me molesta y no le interesa, sabe que no puedo descansar con él allá afuera trabajando. Soy una vieja cansada y enferma y no le importa en lo más mínimo. Lo hace adrede, yo sé. ¡Lo hace por molestarme!
La ayudé a recostarse en la cama y besé su frente. –Estoy segura que no lo hace por molestar, no se lo tome a mal.
Esa noche no pude dormir, pasé las horas pensando si en verdad el abuelo buscaba molestar a su esposa o si había otro motivo para su faena nocturna. –Ochenta años tejiendo –pensé– le cuesta trabajo estarse en paz y por eso lo sigue haciendo. Se le arraigó bien adentro su oficio. –Sonreí y fijé la mirada en mi viejecita. Ya cercaba los noventa y su cansancio venía de décadas de pesares, miseria, ayunos y trabajo duro. Se pasó la vida bordando, deshilando y cosiendo. Y su vista seguía buena. Ironías del destino que su esposo fuera quien quedara ciego por las cataratas, cuando era ella de quien se esperaba que perdiera la vista con tanto uso. –Ni dormida descansa –pensé al ver su ceño fruncido en señal de pena. Y me pregunté si era por la ausencia de sus nueve hijos, todos muertos a temprana edad, o a causa del abuelo. Viendo cómo aun en sueños sufría, sentí una impotencia enorme por no poder ayudarla. Después de cincuenta años a su lado, ella era mi verdadera madre, y me dolía el alma verla pasar así sus últimos años.
Afuera, mi tata seguía trabajando. Se alcanzaban a escuchar su respiración pausada y el roce del mimbre con sus callos. Ni el canto de los grillos y tecolotes alcanzaba a disimular el murmullo de su faena. Deseé que soplara un viento fuerte del norte y con su silbido cubriera todo, dándole el merecido descanso a la nana, pero nunca llegó. Y mi vieja siguió retorciéndose inquieta, frunciendo el ceño, abriendo y cerrando la boca, interrumpiendo su respiración, estrechando la colcha de lana entre sus dedos. Antes de cantar el gallo, finalmente dejó de escucharse tejer al abuelo. Mi nana abrió los ojos irritada, me dirigió una mirada amarga y salió presurosa a comenzar con sus faenas. Salí tras ella para hacer lo mío y la vi de pie frente a la mesa, observando fijamente la canasta.
–Debería echarla al fogón –dijo con una sonrisa macabra– así remediaría todos mis males, pero no me atrevo. –La tomó entre sus manos observando los detalles de las flores– Son magnolias, él sabe que me gustan.
Sonreí. Vino a mi mente el día que los conocí, cuando llegué a vivir con ellos. Venía con el alma destrozada por haber perdido a mis padres y el abuelo me recibió con una magnolia en mano, alzó mi rostro y limpió las lágrimas acomodando la flor en mi cabello. Entonces los vi, ese par de seres bondadosos que ofrecía con una flor todo su amor. Ella me abrazó y besó mi mejilla, él trenzó mi cabello y acarició mi cabeza. Y los adoré desde ese instante, a esas personas desconocidas que no había visto antes en mi corta vida y que a pesar de ello, me amaban.
El día corrió lento, monótono, al igual que tantos otros. Fue uno de esos días en que todo parece gris, sin vida. Mi abuela tomó la siesta y yo estuve a su lado, mas no pude conciliar el sueño, así que caminé por la casa en busca del tata. No lo encontré. En cambio topé con un espejo que me mostró burlón un rostro pálido, cubierto de arrugas, con unas ojeras enormes, coronadas por un cabello gris, seco, acomodado en trenza. Me pregunté si alguna vez había tenido algo de belleza y seguí con mi búsqueda pensando que de haber sido así, no hubiera terminado sola. Sonreí al pensar que a pesar de todo era muy afortunada por haber tenido a mis viejitos. –Tengo que arreglar las cosas entre ellos –pensé– y tiene que ser hoy. –Así que esperé a la noche para encontrarme con mi abuelo y hacerle saber de una vez que su esposa estaba a punto del colapso por su causa.
No tardó mucho en escuchársele arrastrar la silla y acomodarse a la mesa para comenzar a trabajar. Salí presurosa a su encuentro.
Ahí estaba él, tranquilo, sonriente al sentir mi presencia. Alargó sus manos y acarició mi rostro y cabello.
–Sigues igual –dijo sonriente.
– ¿Y por qué habría de cambiar? –contesté extrañada.
–No sé –dijo encogiéndose de hombros.
– ¿Hoy sí me va a enseñar a tejer? –insistí.
–Ya es tarde –contestó serio. Se disponía a seguir tejiendo cuando le arrebaté la canasta de las manos.
–Tenemos que hablar seriamente, ya le hice saber que sus rondas nocturnas perturban a su mujer y usted sigue con lo mismo. No quería llegar a esto, pero me he decidido. Voy a quemar la canasta. Lo voy a hacer para que pueda usted descansar en paz.
– ¿De qué hablas? –preguntó confuso.
–Hablo de que ya estamos cansadas de escucharle noche a noche tejiendo la misma canasta. Dese cuenta, hace meses que trabaja en ella y sin embargo, esta sigue igual. Y el que sólo se aparezca por aquí de noche… ¿No lo ve? Usted es un fantasma, y no sabemos por qué motivo está en pena, pero esto termina hoy. La abuela no puede más con el insomnio y yo no soporto verla sufrir. Ya no queremos tenerlo por aquí rondándonos, diga de una vez qué necesita para que pueda descansar en paz.
Mi abuelo tenía el rostro desfigurado por el asombro y la pena. –Hija mía, no entiendes, yo no soy el fantasma… Los fantasmas son ustedes.
Sentí que la cabeza me daba vueltas y tuve que sentarme para no caer. – ¡Es mentira! –Grité incrédula– es usted quien desaparece todo el día y sólo viene a la casa de noche. Nosotras estamos vivas. ¿Por qué hace esto, por qué quiere engañarme?
Mi tata sonrió con tristeza y pude ver en sus ojos muertos el día en que morimos mi abuela y yo.
Fue un accidente. Él tropezó sin querer con la lámpara de aceite una noche en que no podía dormir y se dirigía a su mesa de trabajo. Por su ceguera no pudo darse cuenta de que la habitación ardía en llamas con nosotras adentro. Nada pudo hacer para sacarnos y los vecinos llegaron demasiado tarde.
–Allá están sus tumbas, bajo el sauce –dijo señalando hacia el viejo árbol. Y pude ver al fin las lápidas y los restos carbonizados del que fuera nuestro cuarto.
– ¿Y la canasta? –pregunté entre lágrimas.
–Era un regalo para tu abuela. La comencé a tejer esa noche… Todas las noches la tejo y la destejo porque sé que por ella siguen ustedes aquí. No preguntes por qué, no lo sé. El día que la remate, sé que se irán, por eso es que no me decido a terminarla.
–Acábela –supliqué mientras besaba sus manos –termine con ella y déjenos dormir en paz.

Y volví a la cama con mi adorada viejecita, a darle un enorme beso y a cuidar que por fin ya nada perturbara su sueño.

Copyright, Carla Andrea López Mata.
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