Pasaba ya de la medianoche cuando me dirigía a casa cruzando
el cerro, bajando por la barranca del Muerto. Había ido al pueblo a recoger un
encargo de mi padre y me ganó la noche. Iba guiado por el instinto del caballo,
rezando para no caer o perderme, ya que era mi primer viaje solo desde la
Nopalera. Pero más que nada, trataba de no pensar en las leyendas que se
contaban de aquél sitio.
Mientras más avanzaba, la oscuridad y el frescor iban
aumentando y el sonido lejano de los coyotes y las lechuzas sólo ayudaban a
crear en mi mente historias de Demonios, aparecidos y ladrones que saldrían a
mi encuentro. Pero la verdad es que no lograba ver ni mis manos sobre las
riendas, así que si el mismo Lucifer se postrara ante mí, no lograría verle y
pasaría a su lado sin darme cuenta.
Tenía mucho frío, hambre, sed y unas ganas enormes de llegar
a casa para ver a mamá Mina, recibir sus besos y consuelo y dormir
tranquilamente. Maldije la hora en que olvidé traer el guaje y el gabán.
De repente, sentí mi caballo desaparecer. Quedé flotando en
el aire un momento. Mi corazón latía con fuerza y mis oídos zumbaban. Despeñándome
hacia la barranca, iba buscando desesperado la forma de parar. Varios metros después
pude hacerlo y repté burdamente, pasando sobre un cuerpo tendido. Sin saber
cómo, monté el jamelgo y seguí mi camino.
Ha pasado mucho tiempo y aún no sé cómo regresar al hogar.
El caballo corre infatigable sobre el viento, entre los árboles, tratando de
encontrar el camino. Pero, ya he empezado a acostumbrarme a esta inmensa soledad
y a la eterna noche cerrada que cubre mi vida.
Copyright Carla Andrea López Mata.
Prohibida su reproducción total o parcial sin el consentimiento por escrito de la autora.

No hay comentarios:
Publicar un comentario