No sé por qué se vino
por estas tierras, si ya se la teníamos aprevenida.
Fue hace cinco meses
cuando empezó otra vez con sus campañas. Ahí andaba él, todo creído, con sus
cuentos y mitotes de siempre. Y se lo hicimos saber. Acá mi compadre Lencho, su
hijo Filomeno y yo mero lo fuimos a buscar y se lo dijimos.
–Ándese con cuidado
–indicó Lencho– a nosotros ya no nos hace tarugos.
Él nomás se sonrió y
nos hizo más promesas. Que si la educación, que si el trabajo y no sé qué
tanto. ¡Puras mentiras!
Pero el Filomeno lo
paró en seco. – ¡A un puerco se le engorda una vez! –Dijo el muchacho– ¡y usted
ya va por la tercera!
Allí sí se quedó todo
serio, dándose por ofendido. Y nos mandó sacar a golpes con sus guaruras, ¡el
muy cabrón!
Ya cuando nos iban
sacando a punta de madrazos se lo advertí. – ¡Ya verá cómo se lo carga la
chingada si se le ocurre poner un pie en nuestro pueblo! –Luego nomás vi negro.
Cuando desperté estaba
tirado en medio de la calle en un charcote de sangre, con la cabeza molida a palos.
A la derecha estaba mi compadre Lencho, con su hijo ya muerto entre sus brazos.
Que nos habían asaltado
unos maleantes, dijeron, y nos quisieron callar el hocico con cinco mil pinches
pesos. Pero ya todos en el pueblo sabían lo que había pasado de a deveras.
Mientras, allí andaba
el desgraciado muy contento, haciéndose la propaganda. Por todos lados veíamos
su carota de risa fingida y nada podíamos hacer mas que tragarnos el coraje y
esperar a que nadie le diera su voto. Y hasta eso que en el pueblo nadie
votamos por él. Pos cómo lo íbamos a querer elegir, si todo mundo lo odiábamos.
Tanto así, que cuando se le ocurrió mandar a la esposa haciéndole campaña, se
la regresamos toda apedreada y con la madre bien mentada.
Mas, sabrá Dios cómo le
hizo, porque a la hora del cuenteo resultó que todos habíamos votado por él.
Ya nada nos quedó mas
que estarnos bien callados, ni cómo reclamarle algo si ya estaba a cargo de
todo el Estado.
Pero acá adentro en el
pecho, yo lo traía bien atravesado. Filomeno era mi único ahijado. Un muchacho
bueno, noble, trabajador, honrado. Allí andaba quebrándose el lomo diario para
ayudar a sus padres en todo lo que podía… Además, me daba harta rabia pensar
que su hijo nonato nunca lo iba a conocer y que la pobre de Isabelita andaba
toda llorosa porque no alcanzaron a casarse y el chiquillo le iba a nacer
bastardo.
¡Y ahí nomás se le
ocurre a este desgraciado venirse para nuestro pueblo! Que disque a darnos las
gracias a todos por nuestro apoyo.
Lencho temblaba de
coraje por esta burla y los demás andaban despotricando madres todos
encorajinados. Yo nomás me quedé callado. Agarré y me fui a formar con la bola
de acarreados para que me dieran mi playera y mi cachucha de la victoria y
hasta agarré una de esas banderitas tricolor y la estuve agitando en el aire y
aplaudí y eché porras al malnacido, a pesar de que la gente del pueblo me
miraba con recelo, como si fuera yo un traidor.
Y ya cuando se vino
saludando de mano en mano, todo sonrisas, le clavé la dichosa banderita en su
ojo derecho.
– ¡Viva la victoria!
–Le gritaba yo mientras empujaba más adentro la dichosa banderita– ¡Viva la
victoria!
Y todos los de mi
pueblo empezaron a aplaudir.
Copyright, Carla Andrea López Mata.
Prohibida su reproducción total o parcial sin el consentimiento por escrito de la autora.

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