lunes, 15 de septiembre de 2014

La victoria



No sé por qué se vino por estas tierras, si ya se la teníamos aprevenida.
Fue hace cinco meses cuando empezó otra vez con sus campañas. Ahí andaba él, todo creído, con sus cuentos y mitotes de siempre. Y se lo hicimos saber. Acá mi compadre Lencho, su hijo Filomeno y yo mero lo fuimos a buscar y se lo dijimos.
–Ándese con cuidado –indicó Lencho– a nosotros ya no nos hace tarugos.
Él nomás se sonrió y nos hizo más promesas. Que si la educación, que si el trabajo y no sé qué tanto. ¡Puras mentiras!
Pero el Filomeno lo paró en seco. – ¡A un puerco se le engorda una vez! –Dijo el muchacho– ¡y usted ya va por la tercera!
Allí sí se quedó todo serio, dándose por ofendido. Y nos mandó sacar a golpes con sus guaruras, ¡el muy cabrón!
Ya cuando nos iban sacando a punta de madrazos se lo advertí. – ¡Ya verá cómo se lo carga la chingada si se le ocurre poner un pie en nuestro pueblo! –Luego nomás vi negro.
Cuando desperté estaba tirado en medio de la calle en un charcote de sangre, con la cabeza molida a palos. A la derecha estaba mi compadre Lencho, con su hijo ya muerto entre sus brazos.
Que nos habían asaltado unos maleantes, dijeron, y nos quisieron callar el hocico con cinco mil pinches pesos. Pero ya todos en el pueblo sabían lo que había pasado de a deveras.
Mientras, allí andaba el desgraciado muy contento, haciéndose la propaganda. Por todos lados veíamos su carota de risa fingida y nada podíamos hacer mas que tragarnos el coraje y esperar a que nadie le diera su voto. Y hasta eso que en el pueblo nadie votamos por él. Pos cómo lo íbamos a querer elegir, si todo mundo lo odiábamos. Tanto así, que cuando se le ocurrió mandar a la esposa haciéndole campaña, se la regresamos toda apedreada y con la madre bien mentada.
Mas, sabrá Dios cómo le hizo, porque a la hora del cuenteo resultó que todos habíamos votado por él.
Ya nada nos quedó mas que estarnos bien callados, ni cómo reclamarle algo si ya estaba a cargo de todo el Estado.
Pero acá adentro en el pecho, yo lo traía bien atravesado. Filomeno era mi único ahijado. Un muchacho bueno, noble, trabajador, honrado. Allí andaba quebrándose el lomo diario para ayudar a sus padres en todo lo que podía… Además, me daba harta rabia pensar que su hijo nonato nunca lo iba a conocer y que la pobre de Isabelita andaba toda llorosa porque no alcanzaron a casarse y el chiquillo le iba a nacer bastardo.
¡Y ahí nomás se le ocurre a este desgraciado venirse para nuestro pueblo! Que disque a darnos las gracias a todos por nuestro apoyo.
Lencho temblaba de coraje por esta burla y los demás andaban despotricando madres todos encorajinados. Yo nomás me quedé callado. Agarré y me fui a formar con la bola de acarreados para que me dieran mi playera y mi cachucha de la victoria y hasta agarré una de esas banderitas tricolor y la estuve agitando en el aire y aplaudí y eché porras al malnacido, a pesar de que la gente del pueblo me miraba con recelo, como si fuera yo un traidor.
Y ya cuando se vino saludando de mano en mano, todo sonrisas, le clavé la dichosa banderita en su ojo derecho.
– ¡Viva la victoria! –Le gritaba yo mientras empujaba más adentro la dichosa banderita– ¡Viva la victoria!

Y todos los de mi pueblo empezaron a aplaudir.

Copyright, Carla Andrea López Mata.
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