-Otra
vez está caminando a oscuras –escuché decir a la abuela entre sueños –ándate a
ver qué quiere a ésta hora– Refunfuñé molesta, pero obedecí. Me levanté de la
cama y corrí al lado de mi tata con una vela encendida.
–
¿Qué hace? –pregunté al verlo sentado a la mesa –sabe que a la abuela no le
gusta que ande vagando de noche.
–Tengo
que trabajar –contestó– Además no importa que sea de noche o de día, igual no
necesito de ninguna luz, eso de nada nos sirve a los ciegos.
Acercándome
a él, pude ver que estaba tejiendo una canasta con flores, trenzas y otras
figuras tan caprichosas que ningún otro tejedor ha podido igualar. Tomé asiento
a su lado alumbrando sus manos con la vela, tan cansadas y llenas de callos y
cicatrices, que imaginé que así debieron lucir las manos de Jesús al bajar de
la Cruz.
–Ochenta
años –murmuró él, sintiendo mi mirada fija en sus extremidades– así terminan
por verse las manos de quien ha trabajado en esto tanto tiempo –y buscó con
ellas mi rostro. Yo dejé que me reconociera, que contara las pestañas con sus
yemas y hurgara en mis dientes.
–Eres
idéntica a tu madre –dijo. Y sonreí feliz. Ella había sido muy hermosa y aunque
no tuviera ni la mitad de su belleza, me alegraba sentirme parecida a ella.
–Debí
haberle enseñado a tejer –comentó mientras volvía a su trabajo.
–Puede
enseñarme a mí –contesté– siempre he admirado su labor. Sería un honor aprender
su oficio.
–Ya
es muy tarde –negó– anda a descansar, seguro tu nana te está esperando.
Dejé
la vela frente a él y me disponía a marchar cuando replicó:
–No
dejes la luz, bien sabes que no me sirve de nada– Y la llevé conmigo.
–
¿Qué hace? –preguntó mi viejecita angustiada.
–Está
tejiendo la canasta –contesté mientras me recostaba a su lado nuevamente.
–
¡Ésa maldita canasta! –Gritó con furia– debería echarla al fuego a ver si así
nos deja dormir en paz.
Sonreí
con tristeza y la abracé hasta que se quedó dormida entre sollozos.
De
día nunca hablamos, cada quien se dedica a cumplir con sus deberes de la casa.
Todos los días es igual, somos un par de viejas monótonas. Antes, cuando era
niña y vine a vivir aquí al quedar huérfana, la vida era más difícil. Los
abuelos eran muy pobres, apenas tenían el pedazo de tierra donde el abuelo
construyó la casa con sus propias manos, con piedras y adobe, y nos mantenía a
duras penas con su trabajo de tejedor. Se paraba de madrugada a trabajar, tejía
cestas, petates, canastas, sillas, todo lo que se le ocurría. Siempre se le
veía sentado a la mesa o en el suelo, muy serio, con las manos y los pies
ocupados en tejer. Y ya cuando tenía muchas piezas terminadas, se bajaba al
pueblo a venderlas y a componer sillas o lo que hubiera que componer.
–
¿Qué tanto piensas? –preguntó la abuela al acostarse a mi lado.
–Nada
–dije– ya estoy dormida.
–Ah
–farfulló- ¿Y ya estás soñando?
–No
–contesté– todavía no llego a eso.
Y
mientras mi nana se volvía, preparándose para dormir, murmuró –Hoy no sueñes
conmigo, estoy muy cansada.
–No
lo haré –negué sonriendo– descanse.
Apenas
empezaba a soñar cuando me despertaron las pisadas del tata y antes de que mi
viejita despertara, salí a ver qué pasaba.
–
¿Otra vez a tejer de noche? –Pregunté al verlo– debería hacerlo de día para no
despertar a la abuela, hoy está muy cansada.
–Lo
sé –contestó– la vi en los corrales sobándose la espalda y luego en la cocina,
ora sobándose las rodillas.
–
¿La vio? –pregunté asombrada.
–Bueno
–contestó sonriendo– la sentí. Y la conozco tan bien que sé exactamente lo que
hace, lo que piensa y lo que le duele.
–Es
por tanto tiempo juntos –dije.
–Sí,
debe ser por eso –murmuró.
–
¿Hoy sí me va a enseñar a tejer? –pregunté.
–No
–refutó muy serio– ya es muy tarde para eso y tienes que descansar.
Besé
su frente y volví a la cama, dejando que trabajara en su canasta.
Al
entrar al cuarto, encontré a la nana levantada, caminando de un lado a otro.
–Otra
vez está tejiendo ¿verdad? Ése hombre no piensa dejar de tejer nunca. Sabe que
me molesta y no le interesa, sabe que no puedo descansar con él allá afuera
trabajando. Soy una vieja cansada y enferma y no le importa en lo más mínimo.
Lo hace adrede, yo sé. ¡Lo hace por molestarme!
La
ayudé a recostarse en la cama y besé su frente. –Estoy segura que no lo hace
por molestar, no se lo tome a mal.
Esa
noche no pude dormir, pasé las horas pensando si en verdad el abuelo buscaba
molestar a su esposa o si había otro motivo para su faena nocturna. –Ochenta
años tejiendo –pensé– le cuesta trabajo estarse en paz y por eso lo sigue
haciendo. Se le arraigó bien adentro su oficio. –Sonreí y fijé la mirada en mi
viejecita. Ya cercaba los noventa y su cansancio venía de décadas de pesares,
miseria, ayunos y trabajo duro. Se pasó la vida bordando, deshilando y
cosiendo. Y su vista seguía buena. Ironías del destino que su esposo fuera
quien quedara ciego por las cataratas, cuando era ella de quien se esperaba que
perdiera la vista con tanto uso. –Ni dormida descansa –pensé al ver su ceño
fruncido en señal de pena. Y me pregunté si era por la ausencia de sus nueve
hijos, todos muertos a temprana edad, o a causa del abuelo. Viendo cómo aun en
sueños sufría, sentí una impotencia enorme por no poder ayudarla. Después de
cincuenta años a su lado, ella era mi verdadera madre, y me dolía el alma verla
pasar así sus últimos años.
Afuera,
mi tata seguía trabajando. Se alcanzaban a escuchar su respiración pausada y el
roce del mimbre con sus callos. Ni el canto de los grillos y tecolotes
alcanzaba a disimular el murmullo de su faena. Deseé que soplara un viento
fuerte del norte y con su silbido cubriera todo, dándole el merecido descanso a
la nana, pero nunca llegó. Y mi vieja siguió retorciéndose inquieta, frunciendo
el ceño, abriendo y cerrando la boca, interrumpiendo su respiración,
estrechando la colcha de lana entre sus dedos. Antes de cantar el gallo,
finalmente dejó de escucharse tejer al abuelo. Mi nana abrió los ojos irritada,
me dirigió una mirada amarga y salió presurosa a comenzar con sus faenas. Salí
tras ella para hacer lo mío y la vi de pie frente a la mesa, observando
fijamente la canasta.
–Debería
echarla al fogón –dijo con una sonrisa macabra– así remediaría todos mis males,
pero no me atrevo. –La tomó entre sus manos observando los detalles de las
flores– Son magnolias, él sabe que me gustan.
Sonreí.
Vino a mi mente el día que los conocí, cuando llegué a vivir con ellos. Venía
con el alma destrozada por haber perdido a mis padres y el abuelo me recibió
con una magnolia en mano, alzó mi rostro y limpió las lágrimas acomodando la
flor en mi cabello. Entonces los vi, ese par de seres bondadosos que ofrecía
con una flor todo su amor. Ella me abrazó y besó mi mejilla, él trenzó mi
cabello y acarició mi cabeza. Y los adoré desde ese instante, a esas personas
desconocidas que no había visto antes en mi corta vida y que a pesar de ello,
me amaban.
El
día corrió lento, monótono, al igual que tantos otros. Fue uno de esos días en
que todo parece gris, sin vida. Mi abuela tomó la siesta y yo estuve a su lado,
mas no pude conciliar el sueño, así que caminé por la casa en busca del tata.
No lo encontré. En cambio topé con un espejo que me mostró burlón un rostro pálido,
cubierto de arrugas, con unas ojeras enormes, coronadas por un cabello gris,
seco, acomodado en trenza. Me pregunté si alguna vez había tenido algo de
belleza y seguí con mi búsqueda pensando que de haber sido así, no hubiera
terminado sola. Sonreí al pensar que a pesar de todo era muy afortunada por
haber tenido a mis viejitos. –Tengo que arreglar las cosas entre ellos –pensé–
y tiene que ser hoy. –Así que esperé a la noche para encontrarme con mi abuelo
y hacerle saber de una vez que su esposa estaba a punto del colapso por su
causa.
No
tardó mucho en escuchársele arrastrar la silla y acomodarse a la mesa para
comenzar a trabajar. Salí presurosa a su encuentro.
Ahí
estaba él, tranquilo, sonriente al sentir mi presencia. Alargó sus manos y
acarició mi rostro y cabello.
–Sigues
igual –dijo sonriente.
–
¿Y por qué habría de cambiar? –contesté extrañada.
–No
sé –dijo encogiéndose de hombros.
–
¿Hoy sí me va a enseñar a tejer? –insistí.
–Ya
es tarde –contestó serio. Se disponía a seguir tejiendo cuando le arrebaté la
canasta de las manos.
–Tenemos
que hablar seriamente, ya le hice saber que sus rondas nocturnas perturban a su
mujer y usted sigue con lo mismo. No quería llegar a esto, pero me he decidido.
Voy a quemar la canasta. Lo voy a hacer para que pueda usted descansar en paz.
–
¿De qué hablas? –preguntó confuso.
–Hablo
de que ya estamos cansadas de escucharle noche a noche tejiendo la misma
canasta. Dese cuenta, hace meses que trabaja en ella y sin embargo, esta sigue
igual. Y el que sólo se aparezca por aquí de noche… ¿No lo ve? Usted es un
fantasma, y no sabemos por qué motivo está en pena, pero esto termina hoy. La
abuela no puede más con el insomnio y yo no soporto verla sufrir. Ya no
queremos tenerlo por aquí rondándonos, diga de una vez qué necesita para que
pueda descansar en paz.
Mi
abuelo tenía el rostro desfigurado por el asombro y la pena. –Hija mía, no
entiendes, yo no soy el fantasma… Los fantasmas son ustedes.
Sentí
que la cabeza me daba vueltas y tuve que sentarme para no caer. – ¡Es mentira!
–Grité incrédula– es usted quien desaparece todo el día y sólo viene a la casa
de noche. Nosotras estamos vivas. ¿Por qué hace esto, por qué quiere engañarme?
Mi
tata sonrió con tristeza y pude ver en sus ojos muertos el día en que morimos
mi abuela y yo.
Fue
un accidente. Él tropezó sin querer con la lámpara de aceite una noche en que
no podía dormir y se dirigía a su mesa de trabajo. Por su ceguera no pudo darse
cuenta de que la habitación ardía en llamas con nosotras adentro. Nada pudo
hacer para sacarnos y los vecinos llegaron demasiado tarde.
–Allá
están sus tumbas, bajo el sauce –dijo señalando hacia el viejo árbol. Y pude
ver al fin las lápidas y los restos carbonizados del que fuera nuestro cuarto.
–
¿Y la canasta? –pregunté entre lágrimas.
–Era
un regalo para tu abuela. La comencé a tejer esa noche… Todas las noches la
tejo y la destejo porque sé que por ella siguen ustedes aquí. No preguntes por
qué, no lo sé. El día que la remate, sé que se irán, por eso es que no me
decido a terminarla.
–Acábela
–supliqué mientras besaba sus manos –termine con ella y déjenos dormir en paz.
Y
volví a la cama con mi adorada viejecita, a darle un enorme beso y a cuidar que
por fin ya nada perturbara su sueño.